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El País.- Los edificios modernos tienden a ser cajas
herméticas. La luz, el agua y el aire llegan al interior
a través de máquinas o instalaciones. Pero hermetismo
no quiere decir asepsia. Ajenos a las variaciones
estacionales, con sistemas de refrigeración, calefacción
e iluminación artificiales, sus tripas están formadas
por millones de metros de tubos y recodos que
sirven como nichos para agentes infecciosos. Incluso
en entornos limpios las condiciones de estos edificios
pueden originar problemas.
La Organización Mundial de la Salud (OMS)
recogió estas circunstancias en el síndrome del edificio enfermo. De acuerdo con la OMS, hasta un 30%
de las modernas edificaciones lo sufren, y sus efectos
los padecen entre un 10% y 30% de los inquilinos.
Entre los efectos se encuentra una larga lista:
irritación de ojos, nariz y garganta; sequedad de piel y
mucosas; erupciones cutáneas; fatiga mental, somnolencia;
dolor de cabeza, vértigos; mayor incidencia de infecciones
de vías respiratorias altas; dificultad respiratoria,
jadeo, ronquera, pitidos en el pecho, cuadros asmáticos;
alergias; disfonía y tos; alteraciones del gusto y del olfato
y náuseas. En algunos casos hubo que cerrar temporalmente
edificios, por ejemplo, para erradicar focos de legionelosis
o por intoxicación con los productos químicos
después de un tratamiento de desinsectación.
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